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REFLEXIONES SOBRE MALTRATO

Considerando el actual debate social sobre el maltrato en la familia, mucha gente piensa que es un asunto privado en el que el estado no debe intervenir. A lo largo de estas líneas se invita eflexionar sobre el tema

.Un hecho que se repite hoy en la mayoría de países occidentales es que las denuncias de casos de violencia familiar representan tan solo una pequeña parte de las verdaderas dimensiones del problema. Este es un hecho tradicionalmente descrito con una metáfora, la del Iceberg de la violencia familiar.

 

La metáfora del iceberg  destaca el hecho de que la mayoría de las víctimas de la violencia familiar son invisibles socialmente, se encuentran sumergidas en su propio silencio y en del entorno social que les rodea. Y se hace necesario un cambio en el clima social que permita ir diluyendo poco a poco el iceberg de la violencia familiar. Actualmente estamos en un momento en el que podemos dar un paso adelante, y lo haremos si nos comprometemos más con la prevención y denuncia de estas situaciones familiares, que ciertas personas aún ven como normales.

 

Día a día muchas personas sufren en silencio una violencia familiar que viene acompañada del silencio del entorno social, con lo que se hace necesario reflexionar sobre las actitudes sociales y culturales (que resultan ser permisivas y no comprometidas), sobre la vida familiar y la violencia que en ella se da; en la búsqueda de un camino que nos dirija hacia la prevención de un problema social cuyas consecuencias van más allá de los probados daños individuales, afectando también  a la salud global de la sociedad en su conjunto.

 

Los sentimientos de vergüenza, los miedos a represalias, la falta de información acerca de los derechos legales, la falta de confianza o miedo al sistema legal, o los costes legales hacen que con frecuencia las madres o padres sean reacios a denunciar incidentes de violencia familiar, ya sean por parte de sus cónyuges como de sus hijos.

 

La metáfora trata de reflejar las grandes diferencias entre los datos de incidencia registrados (casos que se denuncian) y la incidencia real estimada (casos totales que se supone que se dan), pues los casos registrados son sólo una mínima parte del problema social que es la punta del iceberg, y que para muchos aún es una cuestión privada. La idea arraigada de la privacidad de la vida familiar tiene como consecuencia una gran reducción del sentido comunitario de responsabilidad en el cuidado y protección de los miembros más vulnerables de las familias, por eso cierta gente defiende que los problemas de su familia son asuntos privados que van más allá de la responsabilidad y compromiso colectivo. En cierta manera estamos acostumbrados a esto, y hoy día se hace necesaria otra perspectiva de vida en la familia y en la sociedad.

Los niveles de tolerancia social de la violencia familiar son aún muy elevados en nuestra sociedad. Todavía existe el estigma social rodeando al abuso y violencia de todo tipo, lo que lleva a que existan reticencias para buscar o aceptar ayuda. Vivimos en una sociedad que se resiste a creer que la violencia familiar se da con frecuencia y que la familia es un nido de conflicto. Son tabúes, mitos, miedos, actitudes  que ayudan a explicar la supuesto invisibilidad de la violencia en el hogar y el elevado grado de tolerancia social hacia este problema.

 

Yo conozco varios casos extremos: el de las madres que no denuncia la violencia de sus hijos por miedo al “qué dirán” y el de madres que pregonan a los cuatro vientos barbaridades sobre sus hijos, estigmatizándolos de cara al entorno próximo.

 

Hay que apoyar a Blumer cuando dice que un problema social, como es la violencia familiar, no existe para una sociedad hasta que esta no lo reconoce como tal y decide hacer algo al respecto. El descubrimiento de la violencia familiar ha sido un proceso lento y reciente, que tuvo lugar de forma progresiva: primero vio la luz el maltrato infantil y posteriormente la violencia conyugal y el maltrato a ancianos; y hoy día estamos en un momento histórico idóneo para  seguir avanzando hacia una mayor comprensión de los problemas que se dan el la familia  y hacia un mayor compromiso social que impida el consentimiento y ejecución de este tipo de acciones.  La visibilidad social del fenómeno se ha incrementado en las últimas décadas, pues la tolerancia social hacia esos problemas se ha ido reduciendo, aunque queda mucho camino por recorrer. Debemos ir desde la preservación actual de la privacidad familiar hacia una preservación de la integridad de las víctimas.

 

Es fundamental un cambio de actitudes de las instituciones y de la sociedad en general, hay que avanzar hacia una mayor sensibilidad social y una mayor intolerancia ante la violencia en la familia. Se necesita un compromiso social que transmita la idea de que la violencia en la familia no debería tolerarse en una sociedad civilizada. Una mayor sensibilización conduce a un mayor número de recursos (programas de intervención, servicios o centros de información o atención directa, formación de profesionales, promoción de líneas de investigación, servicios especializados, grupos de apoyo, centros de acogida, apoyos económicos) así como la promoción de iniciativas y normativas legales y penales.

 

Desde una educación preventiva y desde la intervención socio comunitaria podemos contribuir a romper las barreras que hacen invisibles a miles de casos de violencia familiar. Hay que buscar un mayor compromiso social y comunitario, buscando una actitud preactiva del conjunto de organizaciones que componen el tejido social.

Publicado por Choliko el 3 de Mayo, 2008, 0:55 | Referencias (0)

 

 

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